ESO DE LA HOJA EN BLANCO Y EL MUNDO SEGÚN LAS MUJERES

Nosotras, que nos queremos tanto...

Nosotras, que nos queremos tanto…

Pocas cosas me ilusionan más que enfrentarme a la hoja en blanco. Eso que ha aterrado a tantos escritores a lo largo de la historia, a mí, sin embargo, me emociona. Debo reconocer que siempre he sido un poco rara. Cada uno es cada cual. Mi experiencia es que la hoja en blanco ofrece opciones infinitas. Las historias se agitan en el caldo de los viejos sueños, me persiguen y mantienen su asedio durante semanas, hasta que escribo la primera frase. Una vez el primer párrafo está en su lugar, ya no hay nada que hacer y la caterva de figuras repudiadas se retira a las sombras. Desde ese momento, todo es hilar frase tras frase, seguir en silencio al protagonista, aguzar el oído y ejercitar el ya endurecido músculo de la paciencia. La tarea es ardua, pero si todo va bien, un par de años después, el esfuerzo habrá merecido la pena.

– ¿No decías que ibas a tomarte un tiempo de descanso?- pregunta Bardita soltando el juguete que tenía en la boca y clavando en mí sus enormes ojos negros.
– Eso quería, pero está visto que los que nacemos trabajadores no tenemos remedio.
– Pues deberías aprender de esa ex-alcaldesa tan famosa, que ya no va ni al Senado a fichar.
– Menudos ejemplos vitales me pones, peluche. Esa carroña abusona no es un modelo a seguir.

Al paso que llevamos no nos deshacemos de los corruptos ni con lejía. Estamos viviendo tiempos políticos complicados: nos ilusionamos para, un día después, desilusionarnos. Cuando parece que tenemos al alcance de la mano una España mejor, ahí están nuestros representantes para recordarnos que somos rehenes de los mercados. Que votemos lo que votemos tenemos que tragar el ricino del capitalismo salvaje. La cobardía chanchullera de nuestros políticos da ganas de vomitar.

– En fin, Bardita, a veces creo que España tiene lo que se merece.
– ¡Ah, no!, me gusta más cuando estás esperanzada y peleona – dice dando un salto, subiéndose al sillón y tumbándose a mi lado para lamerme las manos.
– Tranquila, Barda, sólo es un bajón. Mi lado femenino es muy guerrero y no se va a dejar amilanar por unos políticos mediocres.

Afortunadamente, las mujeres somos luchadoras por naturaleza. Ahora que llega el Día de la Mujer Trabajadora, me pregunto si hay alguna que no sea eso: trabajadora. La mujer sigue cargando con el peso de las tareas del hogar y cuando trabaja fuera de casa, gana menos que sus compañeros masculinos. Las mujeres siguen siendo víctimas de las mayores injusticias, han sido y siguen siendo violadas, prostituidas, maltratadas y sobre todo ignoradas. Nuestras sociedades machistas, alentadas por religiones aun más machistas, llevan siglos ninguneando a las pintoras, escritoras, filósofas y a toda aquella que no se haya resignado a quedarse en las cocinas. Nunca conoceremos la historia del mundo según las mujeres. Hasta ahora, la historia la ha escrito el hombre: una larga crónica de guerras interminables, que sostienen una economía asesina basada en la venta de armas. Una triste crónica de abusos contra la mujer, de violaciones y extorsiones que siguen manteniendo en pie el vergonzoso tráfico de esclavas sexuales. Pero el futuro, si lo hay, se escribirá con letra de mujer, con la letra de la igualdad. La esperanza para este planeta, tan maltratado como sus inquilinas femeninas, es un cambio de rumbo.

– Aunque a veces, Bardita, ese cambio parece imposible.

Nada más pronunciar la frase, me doy cuenta de que Barda duerme panza arriba a mi lado. Supongo que las cuitas humanas en este momento le importan bien poco. Esta mañana hemos dado un buen paseo y debe estar cansada. Aunque, en realidad, no necesita excusas para dormir, esta perrita está en paz consigo misma. Hoy ya ha cumplido con sus deberes de vigilancia del barrio mientras ha ido dejado señales invisibles que indican: “aquí estuve yo”. Un poco lo que me ocurre a mí con la escritura, el buril ideal para dejar constancia de que yo también estuve aquí.

Feliz marzo.

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