ME VA A PASAR LO QUE A CHAVELA VARGAS

Anoche, cuando volví de la Feria del Marisco de Alcobendas, me pareció que Bardita retorcía un poco el hociquillo. Vaya, ya vienes oliendo a alcohol, parecía decirme. Mujer, sólo han sido un par de ribeiros. Me despanzurré en el sillón y traté de ignorarla. Creo que esta perrita se está volviendo un poco puritana. A este paso me va a pasar lo que a Chavela Vargas. Según cuentan, Chavela dejó de beber conmovida porque su perrita, Lola, le escondía las botellas debajo del sillón. Dicen que pensó que Lola estaba poseída por el espíritu de su madre, que le pedía a gritos desde el más allá que dejara de beber. Yo más bien lo achaco a que los perros tienen más sentido común que nosotros. Aunque espero que a Bardita no le de por esconderme las litronas. Pues están buenos los tiempos, como para tirar el dinero o que nos desaparezca la cerveza.

Con litronas o sin ellas, el tema es que ando un poco ajetreada estos días y no me cunde el trabajo. ¿No ves? me dice Bardita, ya te decía yo que esto del blog te venía grande. Mujer, dame un respiro, le digo. Pero tiene razón. Entre la nueva novela y el despotricar contra el gobierno, se me pasan los días. Así que para que no me olviden mis queridos lectores, ahí va un texto publicado en la revista de abril de AxTodas. Una revista que hacemos una panda de intrépidas aprendices de reporteras.

Y antes de despedirme, ahora que no me oye Bardita, si andas por la zona, te recomiendo pasarte por la Feria del Marisco, porque está todo riquísimo. Además, allí no llueve. Y que conste que no me dan comisión. Feliz Puente.

PARA VESTIR SANTOS (El Chispazo, Revista AxTodas, Abril 2012)

Ayer me encontré con una amiga que acaba de separarse. Estaba radiante. Parecía salida de un anuncio de teléfonos móviles. Se había teñido el pelo de un rubio escandaloso, y tengo que decir, que estaba mona la chica. Diría que guapa, si no fuera porque soy una envidiosa. “Prueba superada”, me dijo después de besarnos y achucharnos un par de veces. La invité a tomar el aperitivo. No porque hayamos sido nunca grandes amigas, si no porque me picaba la curiosidad. Caña en mano, dejé que desahogara los terribles posos que deja un divorcio. Durante un rato, hizo una detallada relación de amarguras. Criticó, lloró, despotricó, pero finalmente, para mi sorpresa, vi cómo su rostro se iluminaba y anunció con una alegría casi infantil: “Creo que es lo mejor que he hecho en mi vida”. Debió ver mi cara de asombro y aclaró: “Es verdad que los dos hemos pasado las de Caín. Ha sido una época oscura”, dijo mirando al suelo, para, al momento, elevar un rostro iluminado, casi místico.  “Pero ahora – dijo hablando en un susurro – La vida vuelve a sonreír”. Suspiró antes de continuar: “Empiezo a salir a bailar, y puede que rehaga mi vida”. Me guiñó un ojo mientras lo decía. Tuve que reprimir la risa que amenazaba por explotar en mi boca. Lo tienes claro, bonita, pensé para mis adentros, tratando de no hacer ni un gesto. La pobre, ¡qué inocencia!. De las mujeres que yo conozco, sería la primera que lograra esa hazaña. Cincuentona divorciada rehace su vida con guapo bailón.  Saldría en las noticias, incluso. Menuda ingenuidad. Pensé. Pero no lo dije. Las tristezas ya vienen solas y se esmorrará cuando le toque.  Porque yo de estadísticas, no sé nada. Pero mi carne conoce la realidad. Llevo muchos años felizmente divorciada. Y eso que estoy de buen ver y me he dado algún lujo en los últimos años. Con algún jovenzuelo necesitado, claro. Porque eso sí, hay que reconocer que cuando quieren nos buscan. Pero sólo por marcarse una experiencia. ¡Demos gracias a la vida porque aun exista el ansia de saber!. Pero todo se queda ahí. En un revolcón desaforado. Eso nosotras, porque ellos, tan pichis, como si aquí no hubiera pasado nada. Cuando se divorcian, lloran en todos los hombros que se prestan y amenazan con el suicidio. Pero da lo mismo. En cosa de un año, tienen a una jovenzuela colgada de su brazo. Lo del brazo es un decir. Lo de la jovenzuela, no. Está comprobado con múltiples ejemplos. Y digo yo, qué le habremos hecho a la vida para ser objeto de tanta injusticia. El día que nos crearon el Gran Hacedor debía estar de mala leche. Todo esto pienso mientras mi amiga se lleva a la boca una rica oliva y me mira intrigada. “Parece que no te crees que haya ligado”. Echo un trago de cerveza y trato de no hacer ningún gesto que me delate. “Sí, mujer, le digo, cómo no voy a creerte, con lo guapa que estás con ese rubio luminoso y ese carmín encendido en los labios”. Cojo una patata frita y trato de relajar los músculos de la cara para no reír. Ella sin embargo, sí lo hace. Suelta una carcajada y echa la cabeza hacia atrás. Al hacerlo, veo que también se ha arreglado la dentadura. “Sabes lo que te digo, me dice, que me da lo mismo lo que pienses. Lo estoy pasando bien”. ¡Ah!, pienso, eso es otra cosa. Si sólo quieres diversión, todo va bien.  “De todas formas, dice mi amiga, yo no quiero complicaciones, es él el que está un poco pesadito”. En fin, la bragueta es lo que tiene, me digo. Ya se le aflojará. Mi amiga y yo seguimos charlando y bebiendo, y al verla tan contenta y sensata, empiezo a preguntarme si no veré las cosas desde las gafas de mis prejuicios. Si no estarán cambiando las cosas y yo sin enterarme. Rechazo con facilidad esos pensamientos. Todo lo que me rodea me enseña lo contrario. Y si estoy equivocada, cuando lo vea lo creeré.

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ROCK AND ROLL A TOPE Y A BAILAR CON LAS APARICIONES

Mi buen amigo Pacorro me preguntaba el otro día por qué estoy tan calladita. Es que tengo otras cosas que escribir, le dije sin despegar la mirada de mi cerveza. Él, que me conoce bien, no creyó mis palabras. Sabe que trato de no traer a este blog mis inquietudes sociopolíticas. Que me reprimo para no tener que decir todas las palabrotas que me sé. Que son unas cuantas. Mujer, no dejes que te afecte tanto la situación del país, me dijo. Ya, ya, le respondí, pero estoy tan abochornada que miro al futuro con ojos de espanto. No dramatices, fue su respuesta, ya saldremos de esta. Lo decía con la boca pequeña, porque un momento antes me había contado que él, que aun no ha echado en España raíces profundas, se ha planteado seriamente emigrar hacia mejores destinos. Lo que tienes que hacer, me propuso antes de separarnos, es desconectar un poco, no estar tan informada, ya sabes, ojos que no ven… Pues oye, le hice caso y, mano de santo, lo de no poner el telediario me ha mejorado mucho la bilis.

Tengo que decir, que no del todo, porque tengo el vicio informativo y no puedo pasar el día sin al menos conectarme a algún periódico digital. De paso le echo un vistazo al twitter y me asomo a ver qué se cuentan en el facebook. Como últimamente me estoy volviendo tan famosa, tengo que vigilar el patio. Me han hecho algunas entrevistas estupendas. Menos mal que siempre estoy peinada y con el pintalabios a mano. En serio, da gusto saber que hay tanta gente que ama la literatura, gente como la de MundoPalabras y esos jóvenes entusiastas de De Lectura Obligada. Famoseos aparte, la verdad es que no vengo mucho por aquí porque estoy bastante inspirada y los cuentos me persiguen por la casa. Tomo notas como una loca y a cualquier hora se me puede ver plantada frente al portátil. Así es la dura vida del escritor. Cada uno en lo suyo, tiene que aprovechar los buenos momentos. Como en el sector turístico hay que aprovechar los días de sol. Aunque el sol esta Semana Santa está brillando por su ausencia.

Y eso que a mucha gente, eso le da igual. En Semana Santa, las grandes ciudades se quedan despobladas. Todo el mundo se va al pueblo. Todos menos yo y otros pocos infelices que por no tener no tenemos ni pueblo. Maldita miseria. No exageres, dice Bardita mirándome con sus ojazos negros, con lo bien que estamos por aquí, vigilando los alrededores. Me río y me asombro al mismo tiempo. Creo que a esta perrita le está creciendo un sentido del humor poco común entre sus congéneres. Vale, le digo, pues cuando regresen los vecinos les pedimos un sueldecito por cuidar la finca. Falta nos hace, con la que está cayendo. Y hablando de caer, al fin vemos un poco de lluvia por los madriles. En el resto del país parece que la lluvia sólo le sienta bien a los agricultores,  le sienta mal al turismo de playa y le sienta mal a las procesiones. Llevamos varios años viendo a algunos llorar. Yo, que soy agnóstica, entiendo bien las tristezas de los hoteleros, pero me siento incapaz de comprender otros llantos. Sin embargo, me digo que allá cada cual en qué quiere gastar sus lágrimas. Mientras sus aficiones no se financien con mis impuestos.

Dejando a un lado las lágrimas, como decía, mi ciudad se queda despoblada en estas fechas. La gente echa al coche los trastos y a los churumbeles, y se larga al terruño. Mi barrio se queda desangelado. A veces, por la noche, me da por pensar que Bardita y yo estamos casi solas en el edificio. Y en algún momento tengo miedo. Sobre todo desde que me he aficionado a Iker Jiménez y sus misterios. Mira tú que me gusta su programa, pero con esta imaginación portentosa que me ha dado la vida, paso alguna noche mala. Los alienígenas pasean por mi dormitorio y las explosiones solares se reflejan en mi ventana. Pero lo peor de todo son los fantasmas, que no sé muy bien por qué, pero tienen muy mal carácter. La verdad es que debe ser una putada estar muerto. Sobre todo para los que se quedan por aquí viendo cómo los demás siguen zampando torrijas y viviendo como si tal cosa. Menos mal que con el instinto de protección de Bardita, puedo dormir tranquila. Olería a un fantasma a kilómetros, estoy segura. Y no digo nada si se tratara de extraterrestres… Si hasta le ladra a los chinos. Que nadie piense que es una perrita xenófoba, ni mucho menos, lo que pasa es que sabe que los chinos comen perro. Es tan lista mi chica.

En cuanto la he mencionado ha venido a ver qué le cuento. Qué antena tienes, bonita. Tu no te preocupes por nada, cuando deje de llover, nos daremos un buen paseo. Y esta noche, pondremos rock and roll  a tope y bailaremos con las apariciones. Total, no hay nadie para regañarnos.

Estáis todos invitados a la fiesta. Feliz semana.

 

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SOBRE LA DIGNIDAD DE LA AUTOEDICIÓN

¡Vaya foto más fea que has puesto!. Me dice Bardita. Con lo chulas que son las que sueles colgar en el blog. Me doy la vuelta y la miro con ternura. Tiene el hociquillo alzado, como una dama altanera. Y se que hay un poco de revanchismo en sus palabras. Hoy está resacosa y un pelín molesta conmigo. Ayer fue a la peluquería y está muy guapa, pero agotada. Los perros llevan mal alejarse de sus dueños y que les soben manos ajenas. Mira, Bardita, le digo, pongo esa foto porque  tiene un gran significado. Ella gira la cabeza intentando imaginar el significado. Pero creo que le cuesta. De modo que le cuento los acontecimientos de la llamada Primavera Valenciana y le explico la fotografía. Bardita abre mucho los ojos durante mi narración. En algún momento se asusta. Sobre todo cuando le hablo de las carreras, los golpes y los empujones. Finalmente mueve la cabeza arriba y abajo, comprendiendo. Creo que ha captado perfectamente el mensaje. Es una perrita muy lista. Espero que ahora no le de por ladrar a los maderos.

Que nuestros estudiantes se manifiesten en las calles, me llena de alegría. La educación lo es todo. Marca nuestras vidas y nuestras opciones vitales. No es algo que yo me invente. Lo saben muy bien los que no quieren que nuestra juventud se eduque. Prefieren que sólo sus hijos tengan acceso a una formación digna. De eso se trata todo. La élite siempre defiende lo suyo. La educación genera ciencia, respeto, tolerancia, igualdad y libertad. Palabras hermosas llenas de contenido. Palabras fundamentales para el mundo que muchos deseamos. Otros no. Otros sólo quieren lo suyo, sus negociazos, sus yates, sus colegios de pago, sus mansiones. Y eso sólo es posible teniendo bien explotados a los trabajadores y en cuanto más embrutecidos mejor. Hay que quitarles los documentales, ponerles sólo toros, fútbol y procesiones, como en la época del franquismo. La cultura genera preguntas. Exige tolerancia. Requiere igualdad. Eso es de lo que huyen estos gobernantes que nos han tocado en suerte. En mala suerte, diría yo. El caso es que este país está entrando en un momento decisivo. Y por fortuna, la gente joven ya no se va a quedar en casa. Han despertado y muchos nos alegramos de ello. Bardita, que se ha tumbado a mis pies, me regala una mirada interrogante. Parece preguntarme por qué me ocupo tanto de la actualidad. Creo que preferiría que me dedicase sólo a escribir mi novela. A mí también me gustaría, le digo, pero uno no puede ignorar el mundo que le rodea. No podemos vivir en  una torre de marfil. Los acontecimientos son importantes. Además, la vida literaria también depende de ello. Y la edición.

Y hablando de edición, alguien me preguntaba el otro día qué pienso sobre “eso de auto publicarse”. Le miré extrañada. Es como preguntarle a un opositor si se ha planteado ser funcionario. Conozco muy de pasada al que me hizo la pregunta. Pero sí se que es ese tipo de gente que cree que si no sales en la tele, no existes. Hay muchos como él. Por desgracia. Además tiene unas ínfulas literarias que dan ganas de reír. Sobre todo porque no escribe. Escriba o no, me lo preguntó de una forma que dejaba clara su opinión. En sus palabras se transparentaba el desprecio. Y una gran dosis de malicia. En sus ojos había esa mirada altanera del que se cree en contacto directo con los dioses. Podría haberle mentido para quitármelo de encima. Pero me apetecía darle un poco de caña. Y lo hice. Para, al momento, dar media vuelta y seguir mi camino. No me gusta perder tiempo con los tontos. Así que, olvidémosle. A lo que iba, es que yo tuve que autoeditarme. Paseé durante meses La utilidad de los deseos por algunas editoriales tradicionales. Alabaron mi prosa. Me regalaron palabras de ánimo. Me alentaron y me dieron alguna palmadita en las espaldas. Pero nadie me publicó. Así que opté por la autoedición. No hay nada de qué avergonzarse. Hay quien cree que el que tiene que pasar por ese trámite es un escritor menor. Nada más lejos de la realidad. Sencillamente uno no es considerado comercial. A veces creo que es más bien un piropo. No siempre lo que más vende es lo mejor. Lo que más vende es lo que más se promociona. Y punto. Las editoriales convencionales casi nunca apuestan por escritores desconocidos. Consideran la inversión bastante dudosa. Ya no arriesgan. Es triste que la literatura sea un puro negocio. Pero la realidad es esa. Y la realidad manda. Así que yo, que no quería ver mi obra escondida en el cajón, opté por auto publicarme. Y unos años después eso me ha abierto la puerta a la edición. Curiosamente. De modo que a nadie se le ocurra hacerle ascos a esa fórmula para ver su obra en el escaparate. A uno le puede salvar la vida. Literariamente hablando, claro.

Barda, Bardita, que también me salva la vida muchas veces y de muchas formas, bosteza a mis espaldas. Me levanto y me sigue contenta. Jugamos un rato a la pelota y, mientras tanto, dibujo en mi mente las palabras que escribiré a continuación para mi nueva novela. A Bardita ya se le ha pasado el enfado. Como siempre, me da una lección con su nobleza inquebrantable. Sólo los humanos guardamos nuestros rencores. Los atesoramos como si fueran joyas para soltarlos en forma de bombas en cualquier lugar. Pero los perros olvidan y perdonan casi inmediatamente. Tendríamos que aprender de su nobleza. Está bien, le digo agachándome para darle un achuchón. Pondremos una foto bonita para cerrar la entrada. Te lo mereces.

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LAS REDES SOCIALES, Y LOS EBOOKS, EN EL CAJÓN

Hoy me he levantado con ganas de escribir en esta bitácora. La tengo muy abandonada. No es que me falte inspiración. Pero ahora estoy empezando a dar algunos pasos por la senda de una nueva novela. Y cuando eso ocurre, el mundo desaparece a mi alrededor. No es una experiencia original. Le pasa a muchos escritores. Y con el tiempo soleado que hemos tenido, lo que apetecía en los ratos de relajo, era salir de paseo. Los días grises y lluviosos este año han decidido escasear. Al menos en Madrid. Al menos hasta ahora. A este paso, dejaremos de disfrutar la primavera. Hay cosas que se aprecian más cuando se las añora. A mi me gustan los inviernos, inviernos. Pero con este lío del cambio climático, ni sabemos en qué época vivimos. Sí, el cambio climático. Eso que algunos hasta hace poco negaban. Menos mal que ya hasta Aznarín, un gran negacionista, desde que tiene acciones en el asunto, cree en el cambio climático. Aunque de poco nos sirven las creencias propias ni las ajenas. El caso es que este invierno está siendo raro. Y ahora van y se dejan la ventana abierta por Siberia y nos viene esta ola de frío, que es para pasmarse. Este frío polar que nos ha invadido es ideal para quedarse en casa y escribir. Yo estoy encantada, porque eso es lo que nos gusta hacer a los que tenemos esta pasión. Aunque luego cueste tanto llegar a los lectores.

Esta mañana, paseando con Bardita, un conocido se ha preocupado por mis asuntos crematísticos. Después de preguntas más triviales ha ido directo al grano: ¿Qué tal llevas la promoción de tus libros?. Vaya, ha sido mi respuesta, al menos me consta que alguien me lee allende los mares. Qué bien, cuánto me alegro. ¿Y en España no tienes lectores?. Debo haber puesto cara de póquer. Ya sabes cómo va la cosa. Aquí somos diferentes, lo de “Spain is different”, es real como la vida misma. Se han regalado muchos lectores electrónicos, pero la gente los debe tener guardados en la mesilla.  Mujer, me dice, aprovéchate de las redes sociales. Es un buen lugar para promocionarse. Bueno, es que en el fondo soy un poco tímida. Mi respuesta ha provocado una sonora carcajada que ha recorrido el parque. He enrojecido, más por el escándalo que por ser pillada en una mentirijilla.

Más tarde, ya en casa, Bardita, que se había quedado con ciertas dudas, me pregunta qué es eso de las redes sociales. Me siento frente a ella y miro al techo buscando inspiración. Pues mira, por un lado está el facebook. El facebook es un lugar alegre al que me asomo de vez en cuando. La verdad es que tiene su encanto. Como dice mi amigo Alberto es una corrala de cotillas. Pero tiene su gracia. La gente se saluda por las mañanas, se envían fotos, chistes y comparten información. Luego está lo del twitter. Bardita gira la cabeza tratando de asimilar la extraña palabra. Pero esto del twitter, entre tú y yo – le digo agachándome para poner mi cabeza a su altura – todavía no lo veo claro. Ahí cada uno va a contar lo suyo y nadie parece hacerse caso. Eso sí, se aprende mucho picoteando en los enlaces que se envían. Es casi como ir a una academia, sólo que no hay horario de recreo. Y si te vas un rato, cuando regresas, siempre te has perdido algo. Es una pequeña torre de Babel y nunca sabes si alguien te va a escuchar. Yo, de hecho, apenas escribo tweets. Creo que me van a dar el premio a la esclava del silencio. ¿Y por qué lo usas, si no escribes?.  Con lo que a ti te gusta eso de escribir. Dice moviendo la cabeza. Medito bien la respuesta porque no es tan fácil dejar tranquila a esta perrita. Porque me gusta escuchar, respondo al fin. Y según emito ese mensaje lo asimilo. Y me doy cuenta de que es cierto.  No es que yo sea anormal, a todo el mundo le gusta hablar, explicar, expresar opiniones. A mí también me gusta, que conste. Pero también me gusta escuchar. Es una forma de aprender. Siempre me ha gustado averiguar qué hay más allá de los silencios, de la sutileza de los gestos. Escuchar es una forma de respetar a los demás. De dejarles su espacio. Además, no creo que se pueda ser buen escritor si a uno no le gusta escuchar. Me parece que Barda, una vez más, ha leído mis pensamientos y ha quedado conforme. Le rasco detrás de las orejas como a ella le gusta. Al instante, da media vuelta y se marcha a dormir. Creo que se va contenta. No sé si porque el sueño puede con ella o si sencillamente le alegra librarse de los arduos dilemas humanos.

Y yo, que estoy con el lector de ebooks que me han traído los reyes, como un niño con zapatos nuevos, me voy a cualquier rincón a leer. Mi nuevo compañero me está dando muchas alegrías. Qué cosa más chula, oye. Le rozas con el dedito y se pasa la página. Vas en el tren y lees tranquilamente, sin tener que cargar con una mole. Es una maravilla. Estoy contenta como una colegiala. Aunque sé que la mayoría de los españoles tienen sus libros electrónicos guardados en algún cajón. Es una pena, porque los que publicamos en digital, en este país lo tenemos muy, muy complicado. También es cierto que todos los creadores aquí siempre lo han tenido chungo. En fin, no seamos egoístas, peor lo tienen los parados de larga duración. Ya se sabe, el que no se consuela…

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EL NUEVO AÑO Y ESO DE GANAR PASTA CON LOS LIBROS

¡Que llega un nuevo año! Le dije a Bardita con una copa de cava en la mano. Ella, ya bastante asustada por el bombardeo de petardos, se puso a mirar a su alrededor para ver por dónde venía. Eso fue después de los abrazos y achuchones familiares, tras las campanadas de fin de año. Siempre nos felicitamos, probablemente por seguir vivos. Probablemente por seguir juntos. Probablemente porque aun tenemos esperanza. Y también porque estamos un poco piripis. Es lo único amable de estas fiestas, uno se sopla y a nadie le molesta. Parece que andamos todos necesitados de una ingesta de alcohol superior a la habitual. Será por el frío. O será por la tristeza y la desesperanza.

Como Bardita por los petardos, creo que muchos hemos empezado el año con el susto metido en el cuerpo. A mi por lo menos me ha ocurrido. Seguro que pasaré los próximos meses mirando de soslayo para ver por dónde llega la traca… Barda, Bardita, me mira sentada en el suelo intentando comprender de qué traca hablo, porque ella ya ha tenido su ración de ruido. Mira, le explico, ¿te acuerdas de aquello que te conté de los Mercados?. Pues eso es sólo una parte del problema. Un problema que tiene difícil solución. Pero lo que a mí me preocupa ahora es a la gente que ha elegido el pueblo para resolverlo. El pueblo ha hablado. Le digo poniendo voz de machote, abriendo mucho los ojos y levantando un dedo hacia el techo. ¿Quiénes?, pregunta Bardita mirando hacia arriba. El pueblo, pequeña, el pueblo. Bueno, en realidad un treinta por ciento de votantes, en realidad una minoría. Barda gira la cabeza y la coloca en diagonal. Lo de la minoría debe haberle sonado raro. Sí hija sí. Así están hechas las cosas. Una minoría se convierte en una mayoría aplastante en el Congreso. Aplastante, digo casi en un susurro. Nunca mejor dicho. Ella, que siempre ha sido muy juiciosa, murmura: Ten cuidado, que se te va a ver el plumero. Barda, preciosa, todo el mundo sabe cuales son mis tendencias. También es verdad – agacha la cabeza resignada – Además -parece guiñar un ojo-, con esos pelos no engañarías a nadie aunque quisieras. Pues no, ni lo pretendo, digo riendo.

Bardita se va a dormir mientras yo me dedico a marujear. A ver qué remedio. Menos mal que al menos el grueso de las navidades ha terminado.  Ya sólo queda que vengan los Reyes y nos dejen muchos regalos. Yo por mi parte he pedido muchas cosas. Por si cuela. Será por deseos. Uno de ellos es un lector de libros electrónico, que luego no digan que en casa del herrero… Y estoy deseando  manosearlo y meterme en la cama con él. Ya sé que suena muy mal. Pero me encantan las novedades. Trataré de tomar notas sobre la nueva experiencia y algún día os lo contaré. De cualquier forma, he pedido muchas otras cosas a los Reyes. Aunque algunos presentes nos los dejarán sin pedirlos. Ya se vislumbran en el espejo. Es triste descubrir que por primera vez estoy en la media. Me refiero a lo de que los españoles engordamos tres kilos en estas fiestas. Debo estar volviéndome muy vulgar. Como amenazaban en los telediarios, yo he cumplido con las predicciones. Mis tres kilos andan ahí, amontonados en los alrededores de la cintura. Ni mirarme al espejo quiero. Menos mal que después de Reyes, lentamente nos absorberá la rutina. Y espero que con la rutina se absorban los michelines. De cualquier forma, adelgacemos o no, en algunos momentos, la rutina es un buen salvavidas. Creo que todos lo estamos deseando. Yo por mi parte volveré a ponerme las zapatillas para patearme el pueblo.  Volveré a cabrearme con las noticias a las mismas horas. Y sobre todo volveré a escribir mañana y noche. Aunque eso no me de de comer. Porque a diferencia de otras más célebres, yo no escribo por la pasta. Si fuera por eso, ya lo habría dejado. ¡Uy, si fuera por dinero!  Si fuera por dinero no escribiría casi nadie. Sólo ese pequeño grupo que logra super ventas vive de sus libros. Un grupo minúsculo. Pero minúsculo, minúsculo.

Bardita viene a buscarme. Tanta menudencia en mis pensamientos debe haberle dado ganas de hacer pis. Mueve el rabito ante mi, toda contenta. Parece decirme: venga, deja de pensar tonterías y vámonos de pingo. Me agacho y le rasco detrás de las orejas. Esta perrita tiene el don de devolverme la alegría. Sabes lo que te digo – me pongo en pie- que casi prefiero no hacerme rica con mis libros. Mira que si me vuelvo como algunos… Además, así siempre podré escribir lo que me de la gana.

Finalmente salimos a la calle. El día es ventoso y frío, pero el sol asoma alegrando las resacas acumuladas. El mercadillo de los lunes despliega sus puestos junto a mi casa. Paseamos frente a frutas y bolsos, calcetines y sartenes. Todo un mundo debajo de mi ventana. Bardita y yo caminamos orgullosas de ser quienes somos. Pobres y honradas. Ilusionadas a pesar de los malos tiempos y reacias al desánimo. Siento el corazón lleno de buenos propósitos y el contacto con la gente me hace desearle a todo el mundo, que cada cual encuentre su lugar en esta vida. Que los que no tienen, tengan, que los que han perdido la ilusión, sueñen, y sobre todo que sigamos teniendo muchos amigos, paz y salud. Feliz 2012.

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LA ORILLA DE LAS QUIMERAS

Hoy me he levantado contenta. Bardita dormía a mi lado y un tímido amanecer otoñal empujaba tras la ventana. Mi cuerpo parecía renacido, cargado de energía, como preparado para una fiesta. He salido de la cama sin hacer ruido y he ido a la cocina a canturrear. Aun todo dormía ahí afuera. Pero yo estaba lista para la aventura de la vida. Y no es que el mundo haya cambiado en una noche. Los banqueros y magnates no han dejado de gobernar. Nuestros políticos siguen siendo impresentables.  Y ningún un nuevo amor ha llamado a mi puerta. Pero algo ha sucedido que lo ha cambiado todo. Al menos para mí. Al menos por un momento. Es lo que tienen las ilusiones. Nos dan una pequeña tregua en la batalla del vivir. Desbancan al tiempo, echan de un caderazo a los tristes pensamientos y todo parece que pudiera volver a empezar: Mi última novela, La orilla de las quimeras, ha salido a la venta.

Bardita, que se contagia con facilidad de mis estados de ánimo, se ha levantado temprano y anda exultante por la casa. Con lo vaga que tú eres, le digo, y ya quieres salir. Responde moviendo el rabo con entusiasmo. Eso es un sí, me digo, y nos preparamos para el paseo matutino.

En la calle hace un frío considerable y un leve manto helado cubre los alrededores. Un vecino rasca el cristal de su coche. Mira, Bardita, un currante luchando contra las
inclemencias. Fíjate bien, eso también lo hacía yo antes de que tú nacieras. Mientras le hablo, a mi memoria vienen otros tiempos, mi época de trabajadora aguerrida. Mañanitas congeladas de tacón alto y cafés volados. El manto blanco también me hace pensar en  la
Navidad, que se nos echa encima. Sobre eso no le digo nada a Barda, que olisquea interesada el tronco de un arbolillo, pero algo debe haber notado porque me mira con curiosidad. Después de seguir rastros, hacer necesidades y rodear el barrio saludando amigos caninos, decidimos regresar a casa.

Barda, Bardita se sienta en la entrada a esperar sus chuches. Le tiro una galleta. Juega un poco a cazarla y se la come con apetito. Pero ella sabe que algo me ronda por la cabeza y cuando termina vuelve a sentarse frente a mi. Al fin lo confieso. No te preocupes, es esto de la Navidad que no me gusta nada. ¿Qué es eso de la Navidad, que ya no me acuerdo? Dice poniendo su carilla más inocente. Bah, suspiro desanimada, otro día te lo explico, que hoy no tengo ganas. Barda mueve la cabeza de un lado a otro, esperando su respuesta. Creo que no renunciará. Vale, le digo, te haré un resumen. La Navidad es un tiempo raro en el que la gente se desquicia gastando el dinero que no tiene, visitando a parientes a los que no quiere ver y llorando a solas la ausencia de los que ya se fueron. Un tiempo triste para muchos. Además, casi nadie cree en las cosas que se conmemoran en estas fechas. Entiendo, dice. Entonces, ¿por qué la celebráis?. Me preguntan sus ojos inteligentes. Y aunque intuyo que ya sabe la respuesta, le contesto: Vete tú a saber, ya sabes como somos.

Se tumba con la cabeza apoyada en el suelo. Creo que a veces se cansa de cómo somos. Deberías disfrutar de lo que tienes, dice con un brillo especial en la mirada. No todos
los días se publica una novela tan chachi como La orilla de las quimeras. Es cierto, le doy la razón, ¿te acuerdas de lo bien que lo hemos pasado escribiéndola?. Bardita vuelve a levantarse y muestra su entusiasmo moviendo el rabo. Es verdad, dice, qué personajes más auténticos. Todavía recuerdo tus carreras por el pasillo hablando con Tumbarán. ¡Qué guapo, Tumbarán!, exclamo. Me agacho, me siento a su lado y le doy un achuchón. La verdad es que estoy muy contenta. Es un lujo que algo que se disfruta tanto además
puedan leerlo otros. Hemos tenido suerte. Sí, dice, pero no te olvides de los madrugones y las trasnochadas que te dabas. Menuda época, es cierto. Pero es lo que tienen las obsesiones, le digo. Bardita me lame la mano con mimo. Por si las obsesiones dolieran. Le
rasco detrás de las orejas y señalo al dormitorio para  que se vaya tranquila a dormir.

Barda me da la espalda y camina con un suave bamboleo de caderas, algo que sólo hace cuando tiene mucho sueño. Qué descanses, orejitas,  le digo. Espero que tengas sueños felices y te veas correteando por los bosques de la Tierra Común.

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SOBRE EL LIBRO DIGITAL

Sobre el libro digital hay opiniones para todos los gustos. En esto, y sin que sirva de precedente,  yo me decanto por el término medio. Creo que los dos formatos pueden
convivir en nuestras mesillas de noche. Al menos por un tiempo. El romanticismo del libro en papel está insertado en nuestra genética cultural. En la mía, desde luego, lo está. Aquello de acariciarlo, olerlo y verlo envejecer. Entiendo muy bien ese sentir. Pero creo que pronto será superado por lo ecológico y manejable que es lo digital.  Tampoco antes nos gustaban los teléfonos móviles. Y mira tú ahora, se te olvida el móvil en casa y pasas el día con taquicardia.

Yo creo que, dejando a un lado el medio, lo importante es leer. Lo que importa es el sueño, la fantasía y el ansia de saber. La magia de volar a otros mundos, entrar en otras vidas y vislumbrar pesares ajenos. Lo que importa es ir tras las andanzas de un personaje y desenterrar misterios olvidados. Soñar la vida que podría ser y descolgarse de las
tristezas del mundo. A los que tenemos la suerte de disfrutar de ese placer, el tener en las manos un paquete de hojas encuadernadas o un dispositivo electrónico, a la larga, nos dará igual. Así lo veo yo. Y seguramente todos los afortunados que nos dejamos arrastrar por una nube fantástica a cielos desconocidos.

Pero qué cursi te pones – me dice Bardita con la mirada -. Está tumbada a mi lado, hecha una rosquilla, no sé si a punto de dormir o si saliendo de una cabezada. La vida de esta perrita es un constante ir y venir por un canino submundo onírico. Qué felicidad la suya. El caso es que esta mañana, aunque esté dormida, sigue atenta mis reflexiones. Y es que esto de lo digital no lo termina de asimilar. Lo de verme leer en la cama bajo el peso de un buen tocho en la mano, lo tiene hace mucho asumido. Mi biblioteca la tiene más que olida, y que haya por toda la casa libros y revistas, para ella es natural.  Pero este otro asunto, aun no lo ve claro. Venga, le digo, te lo voy a explicar. Barda, Bardita se sienta a mis pies y pone tiesas sus ya puntiagudas orejas para escucharme. Es como lo de tus rastros, le cuento, imagina que sigues el rastro de una salchicha – se relame –. Corres por el césped y
la persigues y hay un punto en el que el rastro se divide en dos. Vas tras uno de ellos, das la vuelta a un árbol y ahí está, una salchicha deliciosa, pero gigante. Tratas de llevarte la salchicha pero pesa como un muerto y cuesta un pastón. Recuerdas de pronto el otro rastro, das media vuelta y siguiendo el otro camino encuentras una salchicha más manejable que alimenta lo mismo y te cuesta mucho menos. ¿Comprendes?. Le pregunto, pero ella sigue relamiéndose. Pues esto es lo mismo. Vas buscando una buena lectura y das un paseo por la red. De pronto te encuentras con Una nave de sexo y ficciones, metes el hocico un par de veces y te la llevas en digital. Más rápido y más ecológico. Te sale más barato y pesa menos. Barda abandona sus obsesiones triperas y deja de relamerse. Su lado curioso me interroga con la mirada: ¿Y por qué no lo hacen todos los demás?.  Aun eres
muy joven – le acaricio la cabeza – ya aprenderás que en este país vamos siempre un poco lentos. Aquí nos cuesta mucho asumir las modernidades. Pero ya verás, cuando nos lancemos seremos el número uno en lo digital.  ¡Ah!, ya me dejas más tranquila. Exclama y se vuelve a hacer una rosca para dormir.

Es lo bueno que tienen los seres sencillos. No se complican la vida.

 

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LA UTILIDAD DE LOS DESEOS

Escribir para nadie, produce espanto. Por eso, animada por mi larga experiencia laboral, he tratado de añadir un punto de suscripción en el blog. Aun no sé si con éxito.  Se ve que esa larga experiencia es como el que tiene un tío en Alcalá. Con el cacharreo infomático, voluntad nunca me ha faltado.
Pero está claro que he perdido músculo. En fin, es lo que tiene la  falta de práctica. Eso sí, con suscriptores o no, sé que mi amiga Inma, dueña de la dulce Luna, me lee. La menciono porque viene a cuento de las cifras del paro que acabo de leer en la prensa. Yo, afortunada de mí, me he visto libre del trabajo asalariado, al menos de momento. Sin embargo, mi alma de trabajadora me hace asomarme una
y otra vez a la realidad de mis congéneres. Es un tema que me toca el corazón. En La utilidad de los deseos, sin ir más lejos, el mundillo laboral es uno de los paisajes de la historia.

Como decía, mi amiga Inma busca trabajo. Como tantos españoles.  A ella en concreto, yo la contrataba, lo juro, tiene pinta de ser super eficiente. Buen currículum y mejor disposición. Seguro que como muchos españoles. Lo triste es que todas las ofertas que le han hecho han sido penosas. Estamos entrando en un nuevo Orden de las Cosas y las ofertas de empleo andan rozando lo indigno sin disimulo. Es lo que hay. Trabaje usted un mínimo de cincuenta horas semanales, por el módico salario de quinientos euros. No exagero.  Los parados que andan haciendo entrevistas pueden dar fe. Porque mira que esta crisis podría ser una oportunidad de cambiar el Orden de las Cosas para bien. Pues no,
teniendo en cuenta el egoísmo del género humano iremos a peor. Ya vamos a peor. La tendencia es el esclavismo laboral y los sueldos de miseria. Eso sí, suficientes para consumir y consumir y consumir, que si no, el gran monstruo capitalista no funciona. Todo esto para que unos señores, cuyos nombres no conocemos bien, se forren y se
atrincheren en sus yates y mansiones. Como está mandado. Como mandan los Mercados, así, en mayúsculas. Los Mercados, que en realidad son los que cortan el bacalao. Y si no, que se lo pregunten a Papandreu. Mira que querer preguntarle al pueblo su opinión. A nadie se le ocurre.

El asunto de los Mercados me pone de mal humor. Mi querida Bardita, que capta el más mínimo cambio en mis vibraciones energéticas, viene rauda a preguntar qué me pasa. A
ver ahora cómo le cuento yo qué es eso de los Mercados. Se sienta frente a mi y me pongo a ello. Barda, Bardita gira la cabeza hacia un lado y hacia otro mientras hablo, como hace siempre que se esfuerza en comprender. Finalmente creo que se da por vencida. Agacha las orejas y se tumba, que es el formato perruno en el que se siente más cómoda. De pronto da un respingo y se vuelve a sentar. Creo que ha tenido un ataque de inspiración. Y digo yo – parece querer decirme-, que por qué no os cambiáis las cosas como se hacía antes: Yo te doy una chuche y tú me das tus palitos, ya sabes, lo de siempre. Pues eso pienso yo también -le respondo-, que mejor nos iría con la vuelta al trueque. Lo del trueque creo que le ha gustado y mueve el rabo contenta. Mete el hociquillo en el montón de sus juguetes y
trae una pelotita en la boca.

Qué grandes ideas tienes -le digo-. Ignoremos un rato los dramas de nuestros tiempos y divirtámonos.

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EN QUÉ LÍOS TE METES

Barda, BarditaBardita dice que por qué me meto en estos líos, con todo lo que tenemos que hacer. Hay tanto que pasear y dormir, que son las cosas que a ella le gustan, y tantas novelas que escribir, que es lo que me gusta a mi, que no lo comprende. Me mira con sus enormes ojos negros y mueve hacia atrás las orejas puntiagudas intentando asimilar mi nueva ocupación. Creo que intuye que podría fracasar. Sobre todo porque ella sabe qué tipo de escritora soy: una escritora lenta. Soy una escritora artesanal, poco adecuada para el ritmo que requiere un blog. Los bloggeros que conozco son gente expresiva y locuaz, nada que ver con la parsimonia con que me tomo yo este asunto literario. Escribo a paso de tortuga, pensándolo mucho y retocando hasta el aburrimiento. Menos mal que a mí no me aburre corregir y, por suerte, mis lectores lo agradecen. Además, como estoy escribiendo una nueva novela y me obsesiono hasta el extremo de olvidarme de comer, no sé que espacio tendrá en mi vida este nuevo ingrediente literario. A pesar de todos estos inconvenientes, inauguro esta bitácora con el espíritu elevado que requieren las grandes aventuras. Me asomaré a este rincón de vez en cuando e intentaré alimentarle, mimarle y darle alguna prosperidad, más que nada porque me animan mucho los desafíos

Otra cosa que me gusta es estar al día y eso que cada vez es más complicado con tanta tecnología andando ante nuestros ojos. Aun así, yo me apunto a un bombardeo. Por eso y
porque los hados me han regalado la fortuna de que una nueva editorial: Editorial Amarante, se haya fijado en mis letras, me he pasado, al menos con una pierna, al lado de lo digital. Todavía no sé si la derecha o la izquierda, y así ando, volada desde hace un
par de semanas tratando de asimilar mi nueva condición. Pero qué moderna te has vuelto-, me dijo Barda, Bardita el otro día- ahora publicas en digital. Ya ves – le dije – siempre fui muy  vanguardista, aunque tú conozcas de mí el lado más sosegado y  casi maternal. Me agaché para hablarle al oído: – Pero esto que me pasa contigo son  cosas de la edad, no se lo cuentes a nadie. Pareció conforme con la confidencia y se marchó contenta a ladrar a la terraza. A veces pienso que es una cotilla, no puede guardar un secreto y en cuanto tenemos alguna  novedad sale rauda a contárselo a sus amigotes del barrio.

Esto del blog todavía no ha salido a compartirlo con sus colegas, pero todo se andará. Yo mientras tanto le doy la espalda y me siento a teclear, y ella, que es una perrita
prágmatica y juiciosa me mira con resignación. En fin, parece decirme, tú sabrás en qué líos te metes. Y se tumba a dormir en una de sus muchas camas.

Quién fuera Barda.

 

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